miércoles, 17 de octubre de 2018

Qué importa

                                                     Qué me importa ser un petirrojo,
                                                      si de sueños estoy cojo.
Qué me importa ser del color del fuego,
si por dentro soy azul.
Qué importa saber volar,
si mis quebradizos huesos me impiden planear.
Qué importa que mis ojos brillen,
si por dentro están vacíos.
Qué importa que escriba,
si todo queda en el olvido.
Qué importa que caiga,
si ya estoy caído.
Qué importa hundirme en la tierra,
si ya estoy muerto y raído.
Qué importa mi presencia,
si soy menos que mi sombra sin esencia.
Qué importa, si ya no importa nada.
Qué importa dejar de ser,
                                                      si ya no seré lo que he sido.

miércoles, 22 de agosto de 2018

Plumas de sangre

Soy ese débil petirrojo
al que le pesa la tristeza,
al que le aplastan esos antojos
de felicidad que nunca llega.

Mientras me desvanezco en el suelo
observando mi soledad en agonía,
veo poemas caer en mis ojos de melancolía
y en mis plumas sangra el desconsuelo.


Sal de alma

El mar se vuelve tortuoso,
el dolor demasiado pegajoso;
tanto que no lo puedes aguantar.
Se juntan fuertes olas,
y solo estáis tú y tu bote a solas,
y ya nadie te puede salvar...

Se juntan la espuma con la arena,
la lluvia con el sol;
el viento con la sal;
y el torbellino sin querer frenar.

¿Y si el torbellino viene de mi alma?
¿Y si nunca encontraré la calma?
¿Y si no sabré qué hacer
cuando quiera perecer?

Puede que solo quiera hundirme,
puede que sea lo que deba hacer.
Puede que sea mi destino pertenecer
al océano de lagrimas que sembré.


lunes, 13 de marzo de 2017

Latente

La evolución se hace muy presente en todo lo que conocemos. Nosotros no somos una excepción. Pero, ¿somos el resultado de la evolución de nuestro ambiente, o somos una pequeña parte que va cambiando y que pertenece a su vez a una evolución más grande y general?

Hay muchas cosas que sigo preguntándome sobre temas que podrían verse como trascendentales e irrelevantes.Pero reconozco que la atmósfera de mi sociedad actual es pesada, y no puedo evitar formularme muchas preguntas relacionadas con todo esto. Tratando de encontrar una pregunta lógica para luego descubrir una respuesta ante ello. Una respuesta que tal vez no cambie nada del rumbo de las cosas, pero sí que me sosiegue la mente.

Percibo un persistente vacío ante el mundo en el que vivo. Una atmósfera soporífera, artificial...
Veo el camino que llevan las personas a lo largo de su vida y de sus años, ya sea la adultez, vejez o juventud. O incluso todo. Y solo puedo ver una fotografía en blanco que va convirtiéndose en un color ceniza, cada vez más apagado, hasta volverse totalmente negro.
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Nacemos siendo nada, y morimos siendo nada. Y esto no es un concepto nuevo, sino que el concepto que trato de mostrar, es la causa y efecto. La falta de vida en la propia vida, la falta de esencia.


Una rueda de producción en fábrica masiva dirige nuestras vidas en nuestra más temprana edad, para luego llegar a la juventud. Los inicios de la etapa más superficial e incluso artificial. Puede que no la mayor, pero sí la que da paso a los inicios. Sí, el comienzo de una vida sin esencia.

La gente de mi generación es todo productos en sucesión y en proceso, siendo moldeados a base de la contaminación del entorno y de cómo reaccionan ante tal toxicidad. No hay dos productos iguales, pero sí muchas similitudes.
El tipo de reacción de éstos ante la contaminación del ambiente, es aún un misterio para mí. Pueden influir tantas cosas, tantas moléculas, que solo se puede suponer al intentar encontrar un por qué.
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Sí es cierto que muchas veces las reacciones ante la contaminación y la forma de fábrica de moldeado, pueden ser inconexas entre sí, tratando la composición del producto de compensar reacción y moldeado para no sufrir brusquedades en su anatomía.
Pero por desgracia, ante esa desvinculación de compensación de valores, el producto sufre daños. A veces irreversibles. A veces y si hay suerte, daños convertidos en escudo de protección ante futuras heridas. A veces...suponiendo casi la destrucción del mismo. Y a veces también...una evolución en su química. Un renacer.

A base de estas reacciones y de los moldeamientos, llegamos a la adultez. Dirigimos una pequeña parte de nuestro recorrido, pero siempre en los caminos de la rueda de producción. Siempre con las mismas pautas, los mismos pasos, los mismos recorridos... Hasta llegar a una fase donde el producto, que es un resultado de su fase de moldeado, llega a un estado equilibrado. Constante. Monótono. Guiado por los mecanismos de la fábrica, sin salirse de la rueda de la vida.

Después de un tiempo, el susodicho producto se empieza a deteriorar, a debilitarse, quebrarse y marchitarse. Hasta llegar a la nada de nuevo. De donde nació.


Veo mucha toxicidad en mi atmósfera más cercana. Algo tan pesado e invisible, que muy pocos podemos percibirlo, pero que nos hace daño. Una incomodidad latente en nuestros adentros, que nos hace incapaces de exteriorizarlo lo suficiente como para cambiar toda la rueda de producción. Algo que nos hace querer cambiar el aire y el rumbo de nuestras vidas antes de que sea demasiado tarde y nos volvamos tan rígidos que solo podamos dejarnos llevar... Convertirnos no en un simple objeto de la vida, sino en algo distinto. Algo que provoque un sentimiento, un cambio, una esencia.



Y si no podemos cambiar la dirección de la fábrica, por qué no empezar por nosotros?
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Es posible que la poderosa fábrica de la vida intimide, pero recuerda...la fábrica no existe si tú no estás. Por que recuerda que es la misma contaminación, pero distintas reacciones. Recuerda que no es tarde. Sé cauteloso, y recuerda que la fábrica puede seguir sin tí, pero tú no puedes seguir sin ella.

Entonces, cuando llegue el momento adecuado moldea tu camino, dirige tu propia dirección. Dale color, olor, sonido,sentido, sabor... Pero sobre todo dale los tuyos propios. Y que todo ello sea tu dirección de vida en vez de la rueda de producción. Que tu propia dirección, sea solo tu esencia,que tu camino seas tú.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Constelaciones metropolitanas

A lo largo de los tiempos vivimos en bosques, montañas, selvas...Naturaleza. Tratábamos de encontrar un entorno confortable para asentarnos y acoplar esa porción ocupada a nuestra evolución.
¿Y no es cierto que las ciudades son solo grandes bosques futuristas?



Caminas por esa ciudad tan apabullante que apenas desconoces pero que al mismo tiempo puedes sentir que respiras en una atmósfera nueva. Parece como si explorases un nuevo entorno, una nueva llanura repleta de nuevos recovecos. Te sientes insignificante y a la vez parte de algo tan bello por estar pisando el suelo de ese entorno...
A tu alrededor hay arboledas de edificios de todas clases: pinares de rascacielos, manglares de apartamentos, cerezales de monumentos... Todos y cada uno distribuidos por caminos de asfalto por donde se circula a pie o por distintos medios de transporte modernos.

Está todo prendado de constelaciones de colores vivos allá donde mires: ventanas luminosas, focos desde los vehículos, luciérnagas estáticas en cada uno de los cruces de color verde, amarillo y rojo y grandes pantallas publicitarias como soles nocturnos.
La oscuridad es intensa, pero embellece con sus sombras y contrasta esas estrellas multicolores, que desde manos humanas han caído en la urbe para ser depositadas no por casualidad allí, como si fuesen gotas de luz. El rocío temporalmente contrario al de la naturaleza. Aparece por la noche; cristalino, fugaz, refulgente, deslumbrante incluso en la distancia.


Los transeúntes siguen el ritmo acelerado de aquel gran bosque. Siguen el raudo compás de aquellas estrellas saturadas en cuanto a su cromatismo, brillo y movimiento.Tanto movimiento que son intermitentes, intranquilas, geométricas como los anillos de saturno, incansables e infinitas como el viento.


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Hay un sonido natural y característico sea el momento que sea. Son ligeros torbellinos de bullicio que abarcan todo el espacio. Todo ese espacio llamado ''ciudad'', esa naturaleza metropolitana con una grana armonía en la filogenia de la misma.

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jueves, 15 de diciembre de 2016

Agua, tinta, fuego, lluvia, luz

Entré en la estación de tren.Tenía miedo de perderme, por eso caminé despacio para fijarme bien en las indicaciones y subir al andén adecuado. Sabía que cuanto más avanzaba, más cerca estaba de la fantasía que me coloreaba la mente casi a diario.

Hacía frío y estaba nublado. Mi corazón iba tan deprisa que ni siquiera la música podía tranquilizarme.
Miraba la hora mucho más a menudo que la primera vez que tuve que coger un autobús sola. El humo del cigarro se confundía con el vaho que salía por mi boca; la cual estaba sedienta de sus besos, de sus palabras, de sus te quiero... Mi mirada era nerviosa, pero sé que al mismo tiempo brillante por la emoción.

Bajé la música un poco, había parecido oír el sonido del traqueteo de un tren en la lejanía. Miré hacia el horizonte. Las vías del tren esa mañana parecían asoladoras, pero yo las percibía preciosas solo por ser el medio que me conduciría hacia él de una vez.
Percibí en la lejanía la parte delantera de un tren. Me quité los cascos rápidamente. Mi pelo se balanceó al ritmo del viento cuando el tren se acercó a los transeúntes que esperaban al igual que yo. Bajé la mirada por miedo a encontrarme con la suya desde su ventanilla. Aunque no pude controlar mi curiosidad en cuanto vi que el tren frenaba.
Mi pulso se aceleró aún más, parecía sonar como las ruedas del tren al pasar de un andén a otro.


Vi una persona en la lejanía. Era bastante alto en comparación conmigo. Reconocí esa expresión al instante.SU expresión.
Caminé hacia él, pero cuanto más me acercaba, mas aceleraba el paso hasta que acabé casi corriendo.
Me lancé a sus brazos y hundí mi cabeza en su pecho. Me rodeó con los suyos y entonces se me escapó una sonrisa tonta. Nunca en mi vida me había sentido tan protegida y reconfortada por un simple abrazo. Levanté la cabeza y le miré a los ojos. Eran de un color avellana aún más precioso de lo que imaginé.
No pude contenerme y le di un beso en la mejilla, lo cual le hizo sonreír de forma tímida.

A pesar de negarse, me ofrecí para ayudarle con el equipaje hasta que accedió. Le cogí de la mano y le conducí hacia la salida.

¿Todo esto estaba pasando de verdad? ¿Puede ser cierto el hecho de llegar a vivir tu propia fantasía?
En ese momento pensé que era la persona más feliz de ese 13 de enero. La persona más agradecida en una simple estación de tren solo con la presencia de una persona.


***


La cafetería estaba algo abarrotada, pero tuvimos suerte.
El café humeaba sobre la mesa de madera de forma casi hipnótica. Siempre pensé que una taza de café en los días fríos del duro invierno de esta ciudad eran un regalo. Pero lo que yo estaba viviendo sí era un regalo.
Conversábamos como nunca lo habíamos hecho. De temas banales,estúpidos, de nosotros, del viaje...
Me hacía reír como nadie. Juro que si la felicidad pudiera palparse, en ese momento yo sería lluvia. Lluvia durante una mañana soleada en mi interior,donde las gotas se conviertan en cristales dorados tras los rayos de luz.



Le acompañé a la habitación del hostal de nuevo. Le tiré a la cama de un empujón tras haber observado todos los rincones. Era luminosa y las cortinas blancas promovían a que la poca luz de ese día se colara entre aquel tejido vaporoso.

Me tumbé al lado suyo. Le acaricié la mejilla mientras sonreía y me perdí una vez más en sus ojos. Me hizo perderme en algo tan maravilloso que pude reencontrarme de nuevo tras varios años de agonía. Me devolvió el brillo a la mirada, y cambió el vacío y la tristeza de mis ojos por esperanza y ganas de vivir de nuevo.

Me acarició mis cabellos pelirrojos mientras nuestros cuerpos se hallaban cerca, hundidos en aquel cómodo colchón blanco. Jugueteé con mi dedo índice e hice un camino de caricias suaves desde su mano hasta llegar de nuevo a su mejilla. Entonces le miré a los labios. Comencé a acercarme lentamente hacia él, y le besé. Fue un beso apasionado, dulce y cargado de cariño. Éramos ardiente fuego del que podía ser capaz de hacer crecer flores en cualquier estación.

En aquel instante se produjeron en mí un millón de emociones tan intensas como nunca antes las había experimentado. Me sentía como una mancha de acuarela que crecía y crecía, y que se degradaba en distintos colores a medida que descendía por mi alma. La tinta era él y el agua yo. Era un dripping de los más espontáneos, intensos, emocionales y de los más hermosos colores que puedas imaginar. Y él era mi artista, éramos arte juntos.

domingo, 16 de octubre de 2016

Emociones en la arena

Alguna vez has llegado a pensar...si tuvieses una sola máscara de por vida, y que describiese una única emoción, cuál sería? ¿Escogerías lo que sientes la mayor parte del tiempo, o lo que querrías sentir?
Si tú fueses emociones tales como tristeza, impotencia o frustración... ¿qué harías? ¿Qué opción escogerías?

Tal vez tengas que ver las dos caras de la moneda en una historia.
Tal vez la mejor forma de descubrir es imaginar, y vivir.

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Vagaba por un lugar sin saber muy bien donde estaba. A veces veía a otras personas que eran más parecidas a siluetas con cuerpo de sombra y una máscara flotante sobre su rostro. Algunos iban corriendo juntos. Saltaban, reían y sus voces se perdían en la lejanía como si fuesen un sueño.
Otros iban solos, y eso era lo único en lo que me parecía a ellos. Andaban pesadamente o muy agitados, o incluso corrían asustados, como si estuviesen atrapados a pesar de que era un espacio abierto.
Nunca pude comprobar quién eran. Era como si hubiese una cortina invisible que me impedía acercarme a ellos. Aunque nunca supe si esa extraña fuerza era algo más mental que físico. Lo único que me permitía mi cuerpo era girar la cabeza para observar su máscara y después verles desvanecerse entre la bruma. ¿Les pasaría lo mismo a ellos?

No sabía como había llegado allí, ni por qué, ni desde hace cuánto. El tiempo era casi inexistente, igual que la compañía para cualquiera que tenía mi tipo de máscara.

Era cierto que nadie tenía una máscara igual, pero se dividían principalmente en dos grupos: las máscaras de color amarillo y las de color índigo. Había tanta variedad...y sin embargo todas me parecían bonitas. Sobre el fondo de alguno de los dos colores había distintos estampados que describían a la persona en sí. Distintos colores, formas, brillos, profundidades... No había dos iguales ni tampoco más bonitas que otras. Todas tenían cierta atracción y poder.
Yo nunca había visto la mía, pero sabía que era de color índigo.

Decidí sentarme al lado de unas altas hierbas de color desvaído. Era extraño, pero eran mas suaves de lo que pensé que serían.
Me llevé el dedo índice y corazón a la máscara, y lentamente la palpé. Cerré los ojo y trate de ver la forma y el color. Seguí la forma curva como si fuese un camino, desde mi pómulo hasta rodear la parte baja de mi ojo para acabar en un extremo de la nariz. No era una línea muy gruesa, pero tenía volumen. Seguí palpando y no tardé en darme cuenta de que los dos lados de la máscara eran simétricos, salvo en el grosor de una de las líneas curvas del pómulo.


Miré a mi alrededor y el paisaje había cambiado. De pronto me encontraba en un sitio distinto. Ya no estaba en ese camino, sino en un puente de piedra al lado del mar. No había nadie más, y eso era muy raro...
Recorrí el puente, y vi que había unas escaleras de piedra desgastadas y húmedas cerca de mí. Me asomé por el puente para comprobar a donde conducían. Bajo el último escalón había un gran espacio de arena blanca y fina.

Según bajaba las escaleras, notaba cosas nuevas. Una brisa trajo muchos olores mientras mecía mi pelo oscuro violentamente. Olores, pero también recuerdos... Pude identificar el olor a agua marina, piedras, algas, arena... Y al mismo tiempo que trataba de sacar cada esencia de cada olor, se proyectaban imágenes en mi memoria... Una mano suave y cálida agarrando la mía, una mano que me protegía y que a la vez me hacía sentir que se compenetraba con la suya.

Toqué la arena con mis pies descalzos. No estaba caliente, pero tampoco demasiado fría. Era agradable al tacto, como pisar una sábana hecha de cojines acolchados.
Comenzaba a sentir algo extraño según andaba por la playa...algo parecido a la satisfacción. Sentí como si eso ya lo hubiese sentido alguna vez, aunque hasta ahora no recordaba ni que ese sentimiento existiese para la gente con la máscara de color índigo.

Decidí ir en dirección a la orilla, y más recuerdos junto con los aromas aparecieron. Cerré los ojos y traté de concentrarme en todo lo que me rodeaba y lo que se proyectaba en mi cabeza. Podía oír las olas del mar, la brisa marina y notar su olor con la calidez de esa mano que antes había recordado.
De pronto recordé unas risas, casi iguales a las de las personas con la máscara amarilla que solía ver en mi camino. Pero tenían un toque distinto, casi podía sentir la sensación que producía a esas dos personas aquella carcajada. Corrían, jugaban, saltaban, reían...
Ya no eran dos personas, había más, pero el recuerdo era borroso, no podía identificar a nadie.
Abrí los ojos y sonreí. Jamás había sentido algo tan bueno y tan real. Nunca hubiese pensado que eso podría llegar a pasarme después de estar vagando por los caminos...

Miré al horizonte y vi unas sombras cerca de la orilla del mar. Cada vez se hacían menos translúcidas y más realistas. No eran recuerdos, eran de verdad. Ellos no tenían máscara, y a pesar de no conocer a ninguno, sus rostros me parecían familiares. Vi como una chica sonriente hacía un gesto con la mano para indicarme que fuese con ellos. Me infundió mucha confianza a pesar de no reconocerla.

Caminé en su dirección. Vi como estaban metidos en el agua hasta las rodillas. Parecían tan felices... Y por alguna razón no sentí lo que sentía otras veces cuando veía pasar a las personas felices de máscara amarilla (indiferencia, curiosidad), sino...como si yo también pudiese ser como ellos. Como si pudiese ser feliz por primera vez, o...¿otra vez?
Puede que por eso sintiese cierta familiaridad, puede que una vez fui feliz, pero había estado tan triste que lo había olvidado.

La arena estaba más húmeda en esta parte de la playa, aunque había aún bastante espacio entre el agua y yo. La marea era baja, aunque me sentía muy cerca y a cada paso mejor que en el anterior.

Llegué a la orilla. El agua espumosa tocaba mis pies. Estaba fría, pero no me hacía estremecer.
Aquella chica seguía mirándome con una sonrisa amplia, esperando pacientemente a que llegase. El agua me daba respeto, aunque al mismo tiempo aquellas personas me infundían confianza.
Miré bajo mis pies. El agua había dejado escrito en la arena una frase: ''Para ganar hay que arriesgar''.
Observé a la chica otra vez, y decidí adentrarme en el agua.

El agua no tardo en tocarme los tobillos cuando noté unas algas en mis pies. Las aparté con un leve movimiento, pero al volver a observar a la chica, vi que estaba bastante más lejos de lo que recordaba. El mar de pronto estaba muy oscuro y mucho más profundo a pesar de que el nivel de agua no había subido ni para mí ni para las personas de antes. El agua era casi negra, y aquella oscuridad iba en dirección a mi cuerpo. Tuve miedo, pero seguí avanzando.

De pronto aparecieron más algas oscuras en mis pies, algunas se aferraban a mis tobillos y era complicado avanzar. En uno de mis pasos la arena se hundió bruscamente. ¿Había sido un hoyo, o una de esas algas que me había tirado hacia el fondo?
Estaba muy asustada, a cada paso era mas complicado. Mis pies se hacían muy pesados dentro del agua, pero no paré de mirar a la sonrisa de esa chica para no perder la dirección ni los ánimos.

Estaba muy cerca ya. Ella me tendió su mano pero cuando iba ya a sostenerla, mis pies se hundieron bruscamente en la arena. De pronto mi cuerpo estaba dentro del agua. Varias algas oscuras se retorcían por mis tobillos, tratando de llevarme al fondo. 

Estaba muy oscuro allí abajo, solo podía ver una luz tenue cerca de la superficie. Me balanceé de un lado a otro, pataleé, pero las algas eran más fuertes. Traté de mover mis brazos para salir del agua, pero no podía. Estaba cerca, muy cerca, pero no podía subir más. Estiré mi brazo derecho lo que más pude. Conseguí sacar parte de mi mano fuera del agua. Me sentía atrapada, aterrada, impotente.

De repente noté algo en la palma de mi mano derecha. Fue tan rápido que apenas pude darme cuenta. Salí disparada por una fuerza descomunal hacia fuera del agua.

Me encontraba casi sin aliento en una barca de madera. Observé a mi alrededor. Las personas de antes se hallaban cerca de mí, con mirada atenta y calmada. Me sonreían. Casi podía leer en sus miradas un ''todo ha pasado''.
La chica de la sonrisa me tendió la mano para levantarme, pero nada mas hacerlo noté algo extrañamente húmedo sobre los dedos de mis pies. Eran gotas de color índigo. Me palpé la mejilla con las yemas de los dedos. Mi máscara... ¿Qué está pasando?

Cada vez caían más gotas de color índigo, dejando así un gran charco sobre la barca. De pronto empezaron a caer gotas más leves de otros colores que tiñeron ligeramente al charco oscuro. Violeta, azul celeste, blanco... No podía parar de mirar fascinada y confundida al mismo tiempo como se fundían unos colores con otros, era mágico.

De pronto cayeron unas gotas de color...¿dorado? Una, dos, tres...
Cuando la cuarta tocó el charco multicolor, los colores empezaron a moverse por sí solos de la
misma forma que lo hacía el mar, de forma tranquila e hipnotizante.

Hubo un momento en el que la barca se balanceó ligeramente por una ola. El charco de colores fue en dirección contraria a mí, como cuando la marea retrocede en la orilla.
Seguía habiendo colores en la madera, pero había unos espacios claramente vacíos en los que  se podía ver la madera de la barca. Eran letras. ¿Una frase...?
''La unión hace el cambio, pero la fuerza más poderosa, está en tí.''