Me gusta salir a la ventana de la terraza y contemplar todo.
Sentir como el aire mueve los cabellos sueltos de mi coleta despeinada y la
forma en que me acaricia la cara con su suave frialdad y delicadeza. El canto de los pájaros aún se oye a pesar de ser diciembre; pero es una mañana
tranquila, por eso las notas se mecen en el aire al son del tintineo lejano de
las hojas caídas por el suelo.
El cielo está cubierto de un gris uniformemente
hermoso, y la sequedad del ambiente y la estabilidad de la temperatura hacen
que sea agradable asomar la cabeza por la ventana para contemplar el paraje
urbano.
Cierro los ojos y puedo oír como de vez en cuando los coches ahogan el
trino de los pájaros, cojo aire y puedo sentir y percibir todo a través de él.
Es como meter dentro de ti un trocito de ese instante, coger todo movimiento,
todo sonido, toda sensación. El aire se adentra en mis pulmones y noto su
recorrido limpio y seguro, y entonces me siento un poco más viva… He de decir
que todo ello parecía melancólico, para cualquier persona lo sería simplemente al
observar ese cielo, pero a decir verdad a mi me parecía algo sutil, delicado,
hermoso. Es como si una parte de mi alma
se hubiese manifestado en el tiempo atmosférico, empapando hasta los
sonidos matutinos con un toque personal. Melancólico, algo apagado, pero no del
todo oscuro.
La verdad, es realmente
bello si escuchas y prestas atención a los pequeños detalles que para
cualquiera pasan desapercibidos. Solo así conocerás la verdadera esencia de
todo lo existente.
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