jueves, 29 de diciembre de 2016

Constelaciones metropolitanas

A lo largo de los tiempos vivimos en bosques, montañas, selvas...Naturaleza. Tratábamos de encontrar un entorno confortable para asentarnos y acoplar esa porción ocupada a nuestra evolución.
¿Y no es cierto que las ciudades son solo grandes bosques futuristas?



Caminas por esa ciudad tan apabullante que apenas desconoces pero que al mismo tiempo puedes sentir que respiras en una atmósfera nueva. Parece como si explorases un nuevo entorno, una nueva llanura repleta de nuevos recovecos. Te sientes insignificante y a la vez parte de algo tan bello por estar pisando el suelo de ese entorno...
A tu alrededor hay arboledas de edificios de todas clases: pinares de rascacielos, manglares de apartamentos, cerezales de monumentos... Todos y cada uno distribuidos por caminos de asfalto por donde se circula a pie o por distintos medios de transporte modernos.

Está todo prendado de constelaciones de colores vivos allá donde mires: ventanas luminosas, focos desde los vehículos, luciérnagas estáticas en cada uno de los cruces de color verde, amarillo y rojo y grandes pantallas publicitarias como soles nocturnos.
La oscuridad es intensa, pero embellece con sus sombras y contrasta esas estrellas multicolores, que desde manos humanas han caído en la urbe para ser depositadas no por casualidad allí, como si fuesen gotas de luz. El rocío temporalmente contrario al de la naturaleza. Aparece por la noche; cristalino, fugaz, refulgente, deslumbrante incluso en la distancia.


Los transeúntes siguen el ritmo acelerado de aquel gran bosque. Siguen el raudo compás de aquellas estrellas saturadas en cuanto a su cromatismo, brillo y movimiento.Tanto movimiento que son intermitentes, intranquilas, geométricas como los anillos de saturno, incansables e infinitas como el viento.


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Hay un sonido natural y característico sea el momento que sea. Son ligeros torbellinos de bullicio que abarcan todo el espacio. Todo ese espacio llamado ''ciudad'', esa naturaleza metropolitana con una grana armonía en la filogenia de la misma.

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jueves, 15 de diciembre de 2016

Agua, tinta, fuego, lluvia, luz

Entré en la estación de tren.Tenía miedo de perderme, por eso caminé despacio para fijarme bien en las indicaciones y subir al andén adecuado. Sabía que cuanto más avanzaba, más cerca estaba de la fantasía que me coloreaba la mente casi a diario.

Hacía frío y estaba nublado. Mi corazón iba tan deprisa que ni siquiera la música podía tranquilizarme.
Miraba la hora mucho más a menudo que la primera vez que tuve que coger un autobús sola. El humo del cigarro se confundía con el vaho que salía por mi boca; la cual estaba sedienta de sus besos, de sus palabras, de sus te quiero... Mi mirada era nerviosa, pero sé que al mismo tiempo brillante por la emoción.

Bajé la música un poco, había parecido oír el sonido del traqueteo de un tren en la lejanía. Miré hacia el horizonte. Las vías del tren esa mañana parecían asoladoras, pero yo las percibía preciosas solo por ser el medio que me conduciría hacia él de una vez.
Percibí en la lejanía la parte delantera de un tren. Me quité los cascos rápidamente. Mi pelo se balanceó al ritmo del viento cuando el tren se acercó a los transeúntes que esperaban al igual que yo. Bajé la mirada por miedo a encontrarme con la suya desde su ventanilla. Aunque no pude controlar mi curiosidad en cuanto vi que el tren frenaba.
Mi pulso se aceleró aún más, parecía sonar como las ruedas del tren al pasar de un andén a otro.


Vi una persona en la lejanía. Era bastante alto en comparación conmigo. Reconocí esa expresión al instante.SU expresión.
Caminé hacia él, pero cuanto más me acercaba, mas aceleraba el paso hasta que acabé casi corriendo.
Me lancé a sus brazos y hundí mi cabeza en su pecho. Me rodeó con los suyos y entonces se me escapó una sonrisa tonta. Nunca en mi vida me había sentido tan protegida y reconfortada por un simple abrazo. Levanté la cabeza y le miré a los ojos. Eran de un color avellana aún más precioso de lo que imaginé.
No pude contenerme y le di un beso en la mejilla, lo cual le hizo sonreír de forma tímida.

A pesar de negarse, me ofrecí para ayudarle con el equipaje hasta que accedió. Le cogí de la mano y le conducí hacia la salida.

¿Todo esto estaba pasando de verdad? ¿Puede ser cierto el hecho de llegar a vivir tu propia fantasía?
En ese momento pensé que era la persona más feliz de ese 13 de enero. La persona más agradecida en una simple estación de tren solo con la presencia de una persona.


***


La cafetería estaba algo abarrotada, pero tuvimos suerte.
El café humeaba sobre la mesa de madera de forma casi hipnótica. Siempre pensé que una taza de café en los días fríos del duro invierno de esta ciudad eran un regalo. Pero lo que yo estaba viviendo sí era un regalo.
Conversábamos como nunca lo habíamos hecho. De temas banales,estúpidos, de nosotros, del viaje...
Me hacía reír como nadie. Juro que si la felicidad pudiera palparse, en ese momento yo sería lluvia. Lluvia durante una mañana soleada en mi interior,donde las gotas se conviertan en cristales dorados tras los rayos de luz.



Le acompañé a la habitación del hostal de nuevo. Le tiré a la cama de un empujón tras haber observado todos los rincones. Era luminosa y las cortinas blancas promovían a que la poca luz de ese día se colara entre aquel tejido vaporoso.

Me tumbé al lado suyo. Le acaricié la mejilla mientras sonreía y me perdí una vez más en sus ojos. Me hizo perderme en algo tan maravilloso que pude reencontrarme de nuevo tras varios años de agonía. Me devolvió el brillo a la mirada, y cambió el vacío y la tristeza de mis ojos por esperanza y ganas de vivir de nuevo.

Me acarició mis cabellos pelirrojos mientras nuestros cuerpos se hallaban cerca, hundidos en aquel cómodo colchón blanco. Jugueteé con mi dedo índice e hice un camino de caricias suaves desde su mano hasta llegar de nuevo a su mejilla. Entonces le miré a los labios. Comencé a acercarme lentamente hacia él, y le besé. Fue un beso apasionado, dulce y cargado de cariño. Éramos ardiente fuego del que podía ser capaz de hacer crecer flores en cualquier estación.

En aquel instante se produjeron en mí un millón de emociones tan intensas como nunca antes las había experimentado. Me sentía como una mancha de acuarela que crecía y crecía, y que se degradaba en distintos colores a medida que descendía por mi alma. La tinta era él y el agua yo. Era un dripping de los más espontáneos, intensos, emocionales y de los más hermosos colores que puedas imaginar. Y él era mi artista, éramos arte juntos.